Fotos de los organos del cuerpo humano

Закрыть ... [X]

darwin_ape.png

Solo puedo calificar el presente post de una forma: este es mi blog y escribo lo que quiero. Dudo que le resulte interesante a alguien, aparte de a mí mismo. De todas maneras, si quieres arriesgarte, asegúrate de tener un buen rato disponible para leer: es larguísimo.

El sobre por qué los simios no pueden aprender a hablar ha tenido bastante éxito (incluso ha salido en ), de lo cual me siento muy pagado, pero algunos comentaristas (en este sitio y en el otro) me han criticado de una manera que me hace sospechar que no han llegado a captar una idea fundamental.

En el citado post yo defendía la fotos de los organos del cuerpo humano idea de que los monos no pueden utilizar el lenguaje. Algunos han entendido (o así lo creo) que yo he negado la capacidad comunicativa de los chimpancés, cosa muy alejada de mi intención. Los chimpancés, como el resto de los animales (yo diría que todos), se comunican. Lo que no pueden es sintetizar y utilizar un lenguaje como el humano. Pero, entonces, ¿hay alguna diferencia cualitativa insalvable entre el lenguaje de las personas y las formas de comunicación animal, aparte de una mayor complejidad cuantitativa? Pues sí que la hay.
Pero primero aclaremos un par de conceptos. La define la comunicación, grosso modo, como la transferencia de información desde un emisor hasta un receptor, a través de un canal y utilizando un código. El emisor es quien “habla”, el receptor quien “escucha”. Un canal es un medio físico que el mensaje usa para viajar: por ejemplo, cuando hablamos, o cuando los pájaros cantan, el mensaje “viaja” por el aire, modificándolo para formar ondas acústicas. En el caso de una carta, el canal es el papel sobre el que está escrito el mensaje. Un código es un sistema organizado de signos que sirven al propósito de la comunicación (véase el significado de esta al principio de este párrafo). Por ejemplo, la lengua castellana (como todas las demás) es un código. También las banderas. Y los colores de la ropa, que nos hacen, a los occidentales, vestirnos de negro cuando vamos a un entierro y ponernos una prenda roja el día de los enamorados. En estos dos últimos casos, nos estamos comunicando: nosotros (receptores) transmitimos por ondas de luz de distintas frecuencias (canal) una información (que nos pesa la pérdida de un ser querido o que estamos enamorados) a cualquiera que nos vea (receptores). Puedes consultar para ampliar información sobre los elementos de la comunicación y sus funciones.

Los distintos sonidos que un orangután emite para trasmitir distintos mensajes (miedo, alerta, presencia de una fuente de alimento) también constituyen un código, así como los bailes de las abejas y el croar de las ranas.

Un código, pues, es un sistema de signos. Y un signo es un elemento físico que funciona como sustitutivo de alguna otra cosa. Por ejemplo: el humo es un signo que nos hace comprender que hay fuego en algún sitio. La cresta anaranjada que las garcillas bueyeras exhiben durante la época de celo representa su disponibilidad para el apareamiento. Un chimpancé gritará alarmado para avisar a sus congéneres de que se aproxima un leopardo. Y la palabra coche sustituye a cualquier coche del que estemos hablando, o a su concepto general. Tenemos, entonces, cuatro elementos físicos: el humo, la cresta anaranjada y el sonido (ondas físicas en el aire) del grito del simio y de la palabra coche. Y cuatro elementos a los que sustituyen: el fuego, la disponibilidad de aparearse, la alerta ante un peligro y un vehículo a motor.

Pero hay diferencias fundamentales entre estos signos. En los dos primeros casos, por ejemplo, los signos no son intencionados. El fuego no tiene vida, y por lo tanto no produce humo a propósito. La garcilla, aunque es un ser vivo, tampoco elige teñirse la cresta de naranja: en época de celo, si el ejemplar está sano, lucirá su copete, quiera o no (de hecho, no puede querer o no querer, ya que es un animal y carece de voluntad). Llegar la primavera y echarse el tinte es algo que sucede, como las estaciones, según la época del año.

Pero, ¿y el chimpancé? Solo emitirá el sonido de alerta si se aproxima un depredador (o si lo cree así). Entonces, ¿este acto de comunicación del chimpancé es intencionado? Pues, aunque pueda parecerlo, no lo es. El chimpancé no elige chillar o no chillar. Si viene el leopardo (o si él cree que viene) emitirá el sonido instintivamente. No puede, por ejemplo, decidir no avisar para que el felino se zampe a los compañeros de la manada que le caen mal, y tampoco puede emitir el sonido sin que haya un estímulo de peligro para gastar una broma. Así que, aunque pueda parecer que el signo emitido por el simio no es inevitable, como el humo o la cresta naranja de las garcillas, en realidad sí lo es. Solo que únicamente se emite ante determinados estímulos, y no por una reacción química o por el simple transcurrir del tiempo.

Aquí tenemos la primera diferencia entre el lenguaje humano y las formas de comunicación animal: yo puedo decirle a un amigo que me he comprado un coche, aunque sea mentira. Es decir, puedo mentir a sabiendas de que lo estoy haciendo. El chimpancé puede emitir su grito de alerta aunque no venga un depredador, pero solo si él cree que viene un depredador. Esta capacidad del lenguaje humano, tan útil y explotada por todos (pero especialmente por un gremio de personas, y no pienso decir cuál, vosotros bien lo sabéis) se llama en lingüística prevaricación.

Esta es una definición académica ampliamente aceptada, aunque se le pueden poner objeciones. Por ejemplo, un gato, cuando se siente amenazado, se coloca de lado, y eriza el pelaje. ¿Qué quiere comunicar con ello? Pues lo siguiente: “soy muy grande, así que mucho cuidado con meterte conmigo”. Pero eso, ¿no es mentir? ¿No es prevaricar acerca de tu tamaño, y comunicar al receptor (por ejemplo, a un perro) que tienes un tamaño distinto del que en realidad tienes?

¿No hay moscas que presentan una coloración parecida a la de las avispas, para que los sapos crean -erróneamente- que son venenosas y no las coman? ¿No hay insectos que imitan con la forma y el color de su cuerpo el aspecto de las? ¿Y peces y camaleones que cambian de color para que los depredadores piensen que son parte del paisaje? ¿No hay mariposas que tienen llamativos colores en sus alas, para que los pájaros piquen atraídos por y no lo hagan en el cuerpo, donde una herida sería mortal?

¿Y los cuclillos, que ponen sus huevos -parecidos a los de sus estafados- en los nidos de otros pájaros, para que los engañados padres les críen a los polluelos?

Bien: por un lado, en la mayoría de estos casos, no existe una intencionalidad de comunicación. El parece un palo porque su genoma lo determina. En realidad, no está emitiendo un mensaje, solo se está camuflando.

En el caso de los gatos, tampoco podemos hablar de intención. Su respuesta es instintiva. El gato no sabe que está mintiendo acerca de su tamaño. Si no se sintiera amenazado, no podría hacerlo. Como el chimpancé, simplemente reacciona ante un estímulo. Es decir: aunque aparentemente estén mintiendo, en realidad, en su código, están diciendo la verdad.

Aunque puede verse la prevaricación como una triste característica del ser humano, ciertamente es una de nuestras innovaciones más interesantes. Si no fuésemos capaces de mentir, nunca podría existir la literatura, ni el cine, ni los chistes, ni las infidelidades de pareja, ni nada que exigiese un guion inventado. Bendita mentira, por una vez.

Otra diferencia fundamental es que los animales no pueden emitir mensajes acerca de algo que esté alejado en el espacio o en el tiempo. Por ejemplo: un chimpancé no puede comunicar a sus semejantes que ayer había un peligro cerca de la manada, o que mañana ya estará preparado para aparearse. Tampoco puede avisar de un leopardo una vez que el peligro se ha alejado lo suficiente como para no constituir una amenaza.

Esto también es matizable, y para ello vamos a atender al baile de las abejas.

Cuando una abeja descubre en uno de sus vuelos un campo sembrado de flores ricas en el néctar que les sirve de alimento, antes de hacer nada regresa a la colmena y se pone a bailar frenéticamente. Siempre hace el mismo baile, con pocas variaciones: un dibujo en forma de 8 con una serie de temblores del abdomen. Cuando las demás abejas la ven, interpretan varios aspectos de su danza: la amplitud de los arcos del 8, la velocidad de los temblores, y la orientación del eje del dibujo respecto del sol. Con esto se hacen una idea bastante concreta de la distancia a la que está la fuente de alimento, la dirección en que se encuentra y la cantidad de flores. Entonces, parten para recolectar el néctar (este lo explica con bastante claridad… aunque en inglés).

Se podría pensar, entonces, que las abejas son capaces de emitir un mensaje sobre un hecho real que está alejado en el tiempo y el espacio. Sin embargo, una abeja no puede avisar hoy de un campo de flores que vio ayer. Siempre avisa justo tras verlo, o, si le sucede algo entre medias, no avisa nunca.

También un perro puede cruzar toda una mansión y colocarse en la puerta cuando se le da la señal de que va a salir a la calle, pero en este caso hablamos de un reflejo condicionado. Y, en el caso de las abejas, una vez más, de un acto instintivo, aunque la distancia espacial con el estímulo no puede negarse.

La capacidad creadora del lenguaje humano es otra de las principales diferencias. Una abeja puede alertar sobre un campo de flores, tal vez sobre un peligro, o sobre alguna otra cosa. Pero no puede inventar un mensaje. Solo puede reproducirlo, siempre que esté programado en sus genes.

El chimpancé puede avisar sobre un peligro, sobre una fuente de alimento, sobre su superioridad física o su disponibilidad para aparearse. Tal vez -lo ignoro- incluso puede dar órdenes organizativas. Pero no puede inventar nuevos mensajes.

Imaginemos esto: un chimpancé ve, como en la película, de Stanley Kubrick, un monolito plantado en medio de la sabana. Ante ese estímulo, el simio tiene dos opciones: reaccionar o no reaccionar (en la película reaccionan, y de qué manera).

Puede interpretar el monolito como un peligro, y emitir el mensaje correspondiente. Con menor probabilidad, puede que lo interprete como una fuente de alimento o como una pareja reproductiva, y se comunicará con su manada (o intentará hacerlo con el monolito) con alguno de los chillidos o gestos que tiene codificados. O también puede que no vea nada de especial en el artilugio y lo ignore. Pero no puede inventar un nuevo grito para definirlo, ni combinar varios de los gritos que posee en su repertorio para crear una nueva señal. Su forma de comunicación no es innovadora (los chimpancés se comunican de la misma manera desde que existen en la forma actual).

El lenguaje humano es capaz de crear palabras nuevas (gas), traducirlas de otros idiomas (contenedor) o incluso mezclar varios de los signos existentes en su inventario para crear uno nuevo (paraguas). Incluso puede crear palabras para cosas que no existen más que en su imaginación (unicornio).

Y, además, la forma de las lenguas humanas evoluciona con el tiempo. El grito del chimpancé para amenazar a algún competidor es siempre igual, porque lo determinan sus genes. Dentro de cien generaciones seguirá siendo el mismo.

La palabra castellana leer fue,, LEGERE. A fuerza de mucho usarla, y de pasar de generación en generación, se fue “desgastando”: primero cayó la -E final del infinitivo latino; más tarde, la -G- oclusiva se empezó a relajar en su pronunciación, haciéndose fricativa, y desapareciendo después. Así que el lenguaje humano no solamente se puede ir creando a sí mismo continuamente: también, como una chaqueta o unos zapatos, se va desgastando con el uso.

Lo cual nos lleva a la última, y más importante, diferencia. Y es que el lenguaje humano se estructura en un sistema combinatorio discreto. Esto quiere decir que, con un número limitado de unidades, y mediante técnicas de selección y combinación, es capaz de crear un número virtualmente ilimitado de mensajes.

Este sistema discreto dispone de dos tipos de unidades: los monemas y los fonemas. Los monemas son las unidades mínimas de la lengua dotadas de significado. Por ejemplo: en la palabra crecimos, podemos advertir, al menos, dos partes distintas con significado propio: crec-, que equivale a “relacionado con el crecimiento”, e -imos, que significa “primera persona, plural, pretérito perfecto de indicativo”. Esta unión de monemas para construir unidades significativas se conoce como la primera articulación de la lengua. Pero, además, todavía podemos dividir cada uno de estos monemas en unidades menores, esta vez desprovistas de significado: c, r, e, c, i, m, o y s. En la cadena lingüística hablada, cada una de estas unidades se llaman fonemas. Los fonemas no se pueden descomponer en unidades menores, con o sin significado. Cada fonema es simultáneo, y aunque tiene varios rasgos distintivos (sonoridad, forma de articulación y modo de articulación, principalmente), todos se ejecutan a la vez. A esta división de los signos lingüísticos en unidades mínimas sin significado se la ha llamado segunda articulación, y las dos juntas se conocen como la doble articulación del lenguaje. El descubrimiento y estudio de la misma se deben principalmente al filólogo francés.

En el caso del baile de las abejas, aunque cada uno de los elementos de ese baile viene a significar una cosa distinta (igual que los monemas de crecimos), la abeja no puede separarlos para combinarlos con otras unidades. Por ejemplo, no puede hacer el dibujo de un óvalo, con su amplitud, sus vibraciones y su orientación respecto del sol, para indicar la presencia de un peligro de tal o cual magnitud en una u otra dirección. Tampoco se puede dividir el dibujo del 8 racionalmente en unidades distintas, con significado o sin él. Sin embargo, en el lenguaje humano podemos combinar el monema crec- con monemas distintos de -imos, como -er, -iendo,- ían, -ieran y muchos otros. Del mismo modo, podemos combinar el monema -imos con otros monemas como beb-, viv-, com-, corr- y cientos de otros. Igualmente, yendo a la segunda articulación, podemos tomar cada uno de los fonemas c, r, e, c, i, m, o y s y combinarlos con otros para formar otros monemas y palabras: contra, simio, cerca.

El sistema de comunicación sonora de animales como los simios posee un inventario seguramente impresionante: tal vez tengan (el número me lo voy a inventar, pero para el caso me sirve) cincuenta señales distintas. Sin embargo, cada señal significa una cosa, y solo esa. No las pueden combinar para crear señales nuevas. No se pueden descomponer las señales en unidades menores. No pueden combinar parte de una señal con parte de otra. El lenguaje de los simios no posee la doble articulación.

El castellano, con poco más de una veintena de sonidos (fonemas), es capaz de crear infinitas combinaciones y usarlas en infinidad de mensajes. Un hablante incluso es capaz de comprender y crear signos que nunca ha oído. Un niño de cuatro años que sepa que existe la palabra bebimos, y la palabra vivir, es capaz de entender o pronunciar las palabras beber y vivimos aunque no las haya oído en toda su vida. Y eso, sin tener que entrenarlo durante años en un laboratorio, como hacen con los pobres chimpancés, sino simplemente oyendo hablar a la gente a su alrededor.

Hay científicos que han logrado que los simios, siguiendo un duro entrenamiento, reproduzcan una serie de signos interpretables por las personas. Sin embargo, no se ha llegado a lograr que los combinen para crear nuevas oraciones. Seguid los enlaces de los comentarios del artículo anterior para saber más.

Se puede entrenar a un mono para que responda a la frase “tócate la nariz” tocándose la nariz. Sin embargo, el simio no entiende que se le están diciendo al menos siete unidades significativas: “tocar”, “orden”, “a ti mismo”, “la”, “singular”, “nariz”, “singular”. El chimpancé capta el sonido “tócatelanariz” y responde al estímulo, haciendo lo que le han enseñado. Si se le enseña después el significado de “boca” y se le dice “tócate la boca”, no lo hará, pues para él la oración completa es una única y nueva señal, y no la combinación de una parte de la anterior con un signo nuevo que ha aprendido.

Esta simple y última razón es la fundamental por la que nunca nadie nos dirá: “Yo, Chita”. Y es una pena, ya lo sé.

(1) Esto explica por qué hay idiomas con palabras más largas de media que otras. Normalmente, cuanto más antiguo es un idioma, más breves son sus palabras. El inglés, v. gr., es más antiguo que el castellano. Compárense, por ejemplo, los vocablos leer, escribir, pensar, caminar o comer con sus correspondientes read, write, think, walk e eat ingleses, todos monosílabos. También se puede comprobar el hecho de que los idiomas se desgastan comparando las palabras que más se usan, como preposiciones, conjunciones y artículos, con los verbos, sustantivos y adverbios. Esto es: compárese, en esta misma oración, la longitud de las preposiciones y artículos (en, de, las) con la de los verbos y sustantivos (compare, oración, longitud, preposiciones, artículos).

(2) Estos dos monemas no son equivalentes, como tal vez habréis notado. En el primer caso (crec-) el monema tiene significado léxico, es decir, realidad significativa fuera del sistema lingüístico: los seres vivos crecen, y las ciudades, el nivel de un río, etc. Sin embargo, los conceptos de “plural”, “primera persona”, y otros, no existen fuera de la estructura de la lengua. Por eso, estos últimos se llaman monemas gramaticales, o morfemas, y los primeros -los dotados de significado léxico- lexemas (aunque en la nomenclatura estadounidense simplemente se habla de morfemas léxicos y morfemas gramaticales).

(3) Es necesario tener en cuenta que un fonema no es un sonido, sino el modelo de ese sonido que tenemos en la mente. Compruébalo: pronuncia lentamente las palabras boca (después de un silencio) y caballo, fijándote en cómo colocas los órganos articulatorios al hacerlo, especialmente los labios, al pronunciar la -b-. En el primer caso, al pronunciar boca después de un silencio, la b- se pronuncia como oclusiva, esto es: juntas los labios impidiendo totalmente la salida del aire de la boca antes de pronunciar. En el segundo (caballo) no cierras la boca completamente (a no ser que lo hagas a propósito), sino que dejas una leve abertura. Lo estás pronunciando como fricativo. Sin embargo, en tu mente, es el mismo sonido. Es lo que en lingüística se conoce como de un mismo fonema.





ШОКИРУЮЩИЕ НОВОСТИ



Related News


Villahermosa ciudad real fotos
Fotos de cocinas con azulejos pintados
Ultimas fotos de luis miguel 2019
Fotos de tatuajes gratis para mujeres
Fotos de izamal yucatan mexico
Fotos de zeze di camargo e familia
Fotos de certificados de estudios