Fotos de ovnis reales en argentina


Hay una historia que nunca se contó sobre el mayor muñeco construido para un film en la década de 1970: , el Rey de la Isla de la Calavera, la Octava Maravilla del Mundo. Es la historia del desembarco, pérdida y rescate en la Argentina de un monstruo mayúsculo, el mono gigante más perdurable de la historia del cine.

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Nunca imaginé que la iba a pasar tan bien investigando el paso de King Kong por Argentina y mucho menos terminar desentrañando un rumor que venía circulando en libros, páginas web y artículos especializados en historia del cine, desde hace por lo menos treinta años.

Sólo era cuestión de dudar e indagar un poco. Meterse en los diarios polvorientos conservados en la Biblioteca Nacional, ordenar cronológicamente ciertos hechos y desempolvar nombres y apellidos de antiguos protagonistas. Recién entonces, cruzando datos, comparando dichos, fechas y lugares, observando detenidamente fotografías antiguas, pude armar un rompecabezas apasionante. Las redes sociales e internet aceleraron mucho el proceso. Me conectaron con personas que, en otro momento, ubicar hubiera sido casi imposible. Y así, con tiempo y paciencia, pude descartar ideas instaladas (en las que yo mismo llegué a creer) y que, a la postre, terminaron siendo falsas.
La fuerza del rumor quedó en evidencia. Los hechos concretos derribaron los prejuicios que arrastrábamos y esclarecieron, de a poco, aquello que creíamos cierto o más factible.

King Kong no murió en Argentina.

Tuvieron que pasar dos largos años para llegar a esta conclusión.

Estaba equivocado.

Ideas acumuladas durante décadas y el deseo romántico de ver a un ícono del siglo XX pudrirse en un baldío de America del Sur, me inclinaron a sostener conclusiones que hoy ya no defiendo.

La lógica terminó imponiéndose. Pero para que todo esto ocurriera fue necesario prestar atención a una simple noticia que venía a descalabrar una historia que acumulaba fuerza y adeptos desde mediados de 1979. En este caso concreto, todo se reinició con un diente.

Leyenda inminente: el diente de Kong.

Leyenda inminente: el diente de Kong.

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Jessica Lange y la bestia.

“Construyo una forma de universo: creo en ella,
y es el universo; el cual se desploma empero bajo
el asalto de otra certeza o de otra duda”.

Breviario de Podredumbre
Adiós a la Filosofía, Pág. 140

“La historia no es más que
una perpetua crisis,
una quiebra de la ingenuidad”.
E. M. Cioran
Breviario de Podredumbre
Adiós a la Filosofía, Pág. 139

RELATOS PRIMIGENIOS. Cuando el gigantesco muñeco animatrónico de King Kong, diseñado y construido por  (1925-2012), finalmente “desapareció” en el inverno de 1979 en Mar del Plata, nadie, durante un largo tiempo, se preguntó qué se había hecho de él. Curiosamente, aquella estructura enorme de acero inoxidable, caucho, crines de caballos y plástico, con sus imponentes 17 metros de altura y 6,5 toneladas de peso, pareció desvanecerse sin dejar, aparentemente, ningún rastro.

La negra noche de la dictadura militar se había fagocitado al gorila más grande y famoso de la historia del cine y, desde ese momento, empezaron a circular conjeturas que pretendieron explicar el destino final de la bestia hollywoodense.

Las últimas referencias fidedignas que tenemos del King Kong que protagonizó el film de 1976, se ubican en la costa atlántica. Decenas de testigos (entre los que me incluyo) recordamos haberlo visto arrumbado en el predio del ex-estadio Bristol de la Avenida Luro al 3400 (entre Jujuy y España), deteriorándose a la intemperie, en aquel crudo otoño de fines de los ’70.

Pero un buen día dejó de estar allí. Sus rastros se perdieron y, como sucede cada vez que la ignorancia genera espacios oscuros, historias de todo tipo coparon la escena, alimentando rumores que perduran hasta hoy. Muchos de ellos, llanamente delirantes. Como ese según el cual Kong había sido comprado por un farmacéutico que lo tenía sentado en la puerta de su negocio, en las cercanías del Asilo Unzué, promocionando la farmacia. Otros relatos lo ubicaron en la ya desaparecida Ciudad Deportiva de la Boca, o que fue adquirido por un circo de mala muerte y salió de gira por el interior de país. También se dijo que Kong se había deteriorado en la Ciudad de los Niños, en cercanías de La Plata o que había yacido, inerte y desarmado en un depósito del barrio de Villa Devoto, en Capital Federal.

De todos estos relatos, de los que hasta hace poco no había de ninguna prueba que los certificaran, hubo uno que terminó convirtiéndose en la “narración oficial”, tal vez por ser el menos irracional y más convincente: el enorme muñeco del film -murmuraban- acabó siendo comido por las ratas y desguasado por los habitantes de una villa cercana a la penitenciaria de Batán, cerca de Mar del Plata, tras haber sido desechado en ese lugar.
Estas historias circularon y crecieron con los años, inflando la leyenda que aludía al trágico destino final del icónico monstruo.
king kong mar del plataKong adquirió así el status de víctima. Era como si su karma en el film se replicara en la vida real. No había forma de que las cosas terminaran bien. Los finales felices le eran ajenos a este descomunal monarca. La Bella, que en la película vencía a la Bestia, era suplantada por la desidia, la conveniencia económica y el desinterés empresarial. El gran mono había desaparecido y nadie sabía a ciencia cierta a dónde había ido a parar.

Por mi parte, me incliné a creer en la hipótesis que Diego Curubeto diera en su maravilloso libro Cine Bizarro y que Uriel Barros desarrollara con más detalle en el excelente artículo, King Kong murió en Argentina. De esta manera, influido por esos textos (que incluso fueron retomados por trabajos escritos en Francia) , publiqué en 2013 King Kong en Mar del Plata. Un corto artículo en el pretendí resumir diferentes versiones sobre el destino del gorila y relacionarlo con el contexto político ideológico de aquellos días. Pero un hecho fortuito vino a poner en duda esa aparente certeza inicial.

Poco después de que mi artículo fuera publicado en Internet recibí un correo electrónico desde Montevideo, Uruguay, en el que alguien afirmaba haber visto al muñeco robótico de Kong en un playón del barrio de Devoto. Y no sólo eso. También sostenía tener pruebas materiales concretas de ello: un diente (más tarde se le sumaría una muela) del mismísimo gorila.

De esta forma, la anodina hipótesis que decía que Kong había terminado sus días en ese barrio de la Capital de la República (a la que, confieso, no le presté demasiada atención al principio), cobró una inesperada fuerza. Tanta que, cuando recorrí Devoto tras sus evanescentes huellas, creí escuchar el temible rugido de la bestia.

INFLUENCIAS. King Kong fue un típico producto de su tiempo. El resultado de una suma de acontecimientos históricos que, desde fines de la década de 1920, influyeron en el proceso creativo de dos productores de cine-documental ( y ) y que permiten explicar, al mismo tiempo, el tremendo éxito que el desmesurado gorila tuvo en el imaginario de la época.

Kong nació en el seno de un capitalismo en crisis que lo recibió con los brazos abiertos y lo terminó convirtiendo en el “Rey” de todos los monstruos de Hollywood. Uno de los más perdurables, junto con , la criatura de , el y . Todos personajes clásicos de los Estudios Universal, que vinieron al mundo en plena depresión económica. En un Estados Unidos que se hundía en la desesperación, el desempleo y el hambre, Kong emergió en un contexto donde la falta de trabajo alcanzaba un 25 % y millares de personas hacían colas interminables por un plato de comida caliente en el corazón de Manhattan.

El descontrolado capitalismo de libre mercado y la especulación resultante le dieron vida. Y así como los demás monstruos nombrados encontraron sus nichos para prosperar en medio del drama, Kong, desde 1933, contribuyó a la necesaria evasión de una sociedad que colapsaba.

Pero otros ingredientes lo fortalecieron y prepararon el éxito de este icónico mono del siglo XX.

La película surgió en un mundo darwiniano, imperialista, alimentada por una literatura de ficción en la que los Mundos Perdidos, como el creado por , estaban instalados en el imaginario desde 1912 (año de la primera edición de la novela del escritor inglés) y materializados en imágenes con el film The Lost World, estrenado en 1925.

La misión civilizadora de Occidente, puesta en marcha en el último cuarto del siglo XIX, había calado hondo; por entonces muy pocos criticaban las prácticas colonialistas, que ponían a la cultura europea por encima de todas las demás. Fue así que un numeroso ejército de intelectuales, escritores, paleontólogos, antropólogos, biólogos e historiadores se lanzaron sobre el mundo descubriendo otras realidades sociales y naturales que, tras ser admiradas al principio, terminaron manipuladas, tergiversadas y destruidas por el ego europeísta.

Los medios masivos de comunicación, en especial los diarios y revistas, fogonearon el proceso exploratorio y la vida cotidiana acusó el impacto de nuevos descubrimientos que alteraron la realidad de la época; y, al mismo tiempo, en muchos casos, desdibujaron los límites que existían entre lo posible y lo imposible.

El exotismo abrió las puertas de la imaginación y la fantasía se confundió con lo real, habilitando la certeza de que los monstruos podían, efectivamente, existir. Así saltaron de las páginas de la ficción a las selvas, islas, montañas y desiertos que quedaban por conocerse y combatieron la imagen de un mundo que poco a poco se desencantaba. El deseo de creerlo inacabado impulsó las noticias sobre antiguos seres extraordinarios que recorrían comarcas poco transitadas. No es casual que de esa época daten las primeras referencias sobre el , , o nuestro sureño . Todos ellos personajes surgidos del onírico universo de una nueva disciplina (nunca oficializada) que se empezó a conocer como .

La sumatoria de los procesos citados son claves para entender el éxito de King Kong y todos sus epígonos, a lo largo de los años ’40, ’50 y ’60.

Tuvimos que esperar a otra crisis, esta vez energética y petrolera, para que el Rey de la Isla de la Calavera volviera a irrumpir en la pantalla grande, esta vez sostenido por los increíbles avances mecánicos de la época.

En 1976, el productor ítalo-americano resucitó a la bestia. En esa ocasión, Kong ya no era una figura articulada de 45 centímetros de altura y cubierta con pelo de conejo. Fascinado por el gigantismo, otra manera de exhibir la otredad , de Laurentis invirtió cerca de tres millones de dólares en construir dos enormes brazos mecánicos y un muñeco animatrónico (robot) de 17 metros de alto y 6,5 toneladas de peso.

King Kong (1976). Escena final

El mundo entero quedó impactado.

Kong regresaba más grande que nunca. Ahora sí era posible experimentar en carne propia el pánico que sintiera la protagonista del primer film del ’33 ante semejante monstruosidad.

Lo que nadie imaginó por entonces fue que, a sólo tres años del estreno del film (1979), esa maravilla tecnológica terminaría recorriendo exóticos rincones de América del Sur y, por un buen tiempo, “desapareciendo” casi por completo.

Paradójicamente, al gorila más exótico de Hollywood se lo creyó fagocitado por un mundo que las sociedades desarrolladas consideraron, y siguen considerando (no sin cierto racismo), exótico.

UN NUEVO TESTAMENTO. Daniel Venneri es argentino. Tiene 48 años. Casado, con hijos y vive en Montevideo, Uruguay, desde hace años. Me comuniqué con él, vía Internet, poco después de haber publicado mi artículo, “King Kong en Mar del Plata”. El motivo lo justificaba: Venneri ofrecía a la venta un diente del famoso gorila construido por Dino de Laurentis en 1976. O eso decía en un foro de cine de la Web.

Me enteré del hecho un día antes de terminar mi escrito. Cualquiera que lo lea advertirá que la última cita a pie de página hace referencia a los dichos de Venneri (sin nombrarlo). Admito que no le puse demasiada atención. Dejé consignada la noticia y por espacio de unos meses, problemas personales y otras inquietudes, me sacaron del tema por casi un año y medio. La cuestión del diente se me quedó clavada como una espina. Atizaba mi curiosidad. Algo no me terminaba de cerrar, especialmente desde que, en marzo de 2013, Venneri me mandó, por correo electrónico, una foto en la que se podía ver claramente un enorme incisivo, aparentemente de plástico duro, gastado y con una enorme caries que ocupaba casi toda su cara interna. Más interesante era la historia que venía con la foto. Un historia que se fue ampliando, mail a mail, y en la que numerosos datos, muy concretos, terminaron despejando mis lógicas dudas iniciales. Por primera vez en 36 años, un “fósil” del Rey Kong surgía de la nada y alteraba el tablero que veníamos construyendo.

La hipótesis de que había terminado en un depósito del barrio de Devoto empezaba a tomar una forma inusitada.

“El muñeco estuvo guardado en una empresa de camiones. No me acuerdo si era en la calle Habana y Campana o calle Pareja y Campana, en Villa Devoto… Es que yo en ese momento tenía sólo unos 10 años. Lo único que recuerdo es que lo habían traído de Mar del Plata y luego lo llevarían a Brasil.”

“Me acuerdo que con mis amigos caminábamos entre medio de los caños de la estructura y así llegamos hasta la cabeza, donde encontramos los dientes. En su momento teníamos varios de ellos. De hecho, todavía tengo que buscar en mi casa de Buenos Aires ya que, creo, debe estar también una muela y pedazos de la goma que lo recubría, con pelos de caballo pegados. Esos son los recuerdos que me quedaron hasta ahora.”

Casi dos años después, en un nuevo contacto, Venneri contestó a una serie de preguntas.

“La última vez que estuve en Buenos Aires encontré, en casa de mi hermana y no en la de mi madre, la muela de Kong [véase foto] y averiguando entre gente conocida y parientes me dijeron que la empresa de transporte que lo llevó al sitio donde lo vi se llamaba Rivas. Pero tampoco se acuerdan con exactitud dónde estaba ubicada; si en la calle Habana, entre Cuenca y Campana, o la calle Pareja, entre Cuenca y Campana. Pero me dieron la seguridad de que en una de ellas era seguro.”

Con esa información me dirigí a Devoto. Recorrí el barrio. Transité por las calles indicadas. Saqué fotos. Observé con detalle toda la edificación y por la noche le remití a Daniel las fotografías que tomé.

“No reconozco mucho los lugares. Ha pasado mucho tiempo, pero estoy seguro que si me paro en la plaza de la calle Holguera y Habana y camino por Habana (o Pareja), no eran más de tres cuadras, lado derecho, a unos 30 metros de la esquina.”

“Te puedo decir, casi seguro, que era invierno porque recuerdo meternos debajo de aquella lona verde que lo cubría [a Kong] para protegernos del frío. Ese debe ser uno de los motivos por el cual mucha gente ni se enteró de que Kong estaba en ese lugar.”

“Tengo el recuerdo de estar jugando en la plaza y alguien fue a decir que estaba Kong en ese lugar. Salimos todos corriendo para verlo. Era un playón abierto, pero no recuerdo ver a nadie vigilando”.

“No recuerdo haber visto galpón alguno. Sólo un gran playón. Sí recuerdo que King Kong estaba dividido en tres semirremolques. Nosotros pudimos subir sólo al lugar donde estaba la cabeza. Lo que si estoy seguro es que no había guardia de seguridad porque es esa época, veías un uniforme de lo que fuese y te quedabas quietito, quietito.

“El remolque estaba a un paso de la vereda. Creo recordar que la cabeza estaba con parte de su tronco. No había muros, ni rejas y accedimos por un pedazo de lona que estaba levantado. Al gorila se lo veía medio roto y la goma estaba medio podrida. Eso lo recuerdo porque tenía en mi poder un pedazo, que luego tiramos. También teníamos pelos, que también tiramos en esos años.”

“Los dientes fueron arrancados. Recuerdo que había alguien que los iba pasando, porque había que trepar unos caños de metal y estaba bastante oscuro.”

“Además, te cuento que mi cuñado estuvo por acá [Uruguay] y me dijo que le parece que el lugar donde estuvo depositado puede ser por la calle Pareja, entre Cuenca y Campana. Que en ese sitio hubo después una cancha de paddle y después una de fútbol y que hoy en día hay un edificio enorme y moderno que da por las dos las calles (por Pareja y por Habana).

Había muchos datos por verificar. Me puse en camino.

pdr_1797MEMORIA, REDES SOCIALES Y RUMORES. La Historia, como oficio o disciplina pautada por normas y métodos de investigación, mantiene con la memoria una relación muy particular. Ambas esferas son diferentes, pero no hay duda de que se encuentran entrelazadas y que, a la postre, persiguen un mismo y único objetivo: la reconstrucción del pasado humano.

Claro que la Historia nace de la memoria, pero ésta no es su principal objeto de estudio. Podríamos considerarla, sí, una matriz importante a la hora de entender y explicar lo que pasó, pero al momento de transformarla en relato siempre hay que tener en cuenta una premisa: que las cosas son como son y como se las recuerda. De ahí que siempre es necesario confirmar los dichos con otros datos, sean estos escritos, orales o materiales.

Todos somos conscientes de que la memoria se desgasta y se ve alterada por conocimientos y datos que se adquieren a posteriori. Los recuerdos se modifican. Se reeditan constantemente y los sentimientos actuales suelen trasladarse al pasado, dándole a ese recuerdo una importancia que, al principio, no le dimos. Incluso, un mismo acontecimiento puede ser rememorado de diferente manera en distintas épocas de la vida.

No somos testigos confiables. La memoria es subjetiva, por más que esté sustentada en la “experiencia vivida”. Es frágil, volátil y efímera. Generalmente tiende a reconstruir el mundo sin referencias. Es poco cuidadosa del contexto y quien recuerda (testigo) suele no requerir de pruebas por un sencillo motivo: cree estar seguro de “su verdad”. Y he aquí donde está la gran diferencia con el historiador: a éste último no le basta el dato singular. Pretende reconstruir el contexto completo en el que ese dato fue brindado, a sabiendas de que la memoria es algo que se puede estetizar, actualizar e, incluso, vender.

En principio, el testimonio de Venneri resultaba insuficiente; pero presentaba muchos senderos para seguir. Había que contrastarlo con otras pruebas y datos. Y eso me propuse investigar.

Todos sabemos que el dominio del fuego resultó ser un paso muy importante en la historia de la humanidad; y aun cuando no queda del todo claro cómo lo conseguimos, las consecuencias resultan evidentes y lógicas. Controlando el fuego, nuestra especie (que demás está decir es la única que lo hace), no sólo pudo cocinar sus alimentos, darse calor, ahuyentar con éxito a los depredadores más peligrosos; también pudo combatir por primera vez a la principal fuente de nuestros miedos: la oscuridad.

Pero los temores del hombre no murieron con la domesticación de las llamas. El calor y la luz le quitaron horas al sueño y permitió que nuestra especie se congregara alrededor de una fogata, generando otros nuevos, salidos de las fantasías que se derivaron de una de las actividades que mejor nos define como humanos: la de contar historias.

Hoy como ayer, seguimos haciéndolo, pero de un modo diferente.

El moderno fogón que todas las noches nuclea (y paradójicamente aísla) a millones de personas se llama Internet. Es un calentador electrónico. No produce brasas, pero estimula la imaginación, tanto o más, que las viejas reuniones en torno al fuego. La Web está en deuda con las llamas y el chisporroteo de los leños encendidos, constituyéndose en la principal usina de las llamadas leyendas urbanas. Y el muñeco de King Kong no ha quedado al margen.

La media docena de historias que circulan sobre el destino que siguió, después de haber sido exhibido en Mar del Plata en febrero de 1979, son una excelente prueba de ello. Todos y cada uno de esos relatos deberían ser releídos, ya que el rumor y la fantasía parecen ser los cimientos sobre los que se construyeron muchos de ellos. Tal vez, la mayoría.

Por ese motivo creí conveniente consultar directamente los periódicos de la época y tratar de rearmar todo a partir de las noticias publicadas en el diario La Capital de Mar del Plata. Supuse que un fenómeno como el de King Kong no podía quedar fuera del interés público de entonces. Regresé a 1979 a fin de reconstruir con detalles aquello lo que los meros testimonios no reconstruyen: el contexto.

Fue así que un dato me llevó a otro, ése a un tercero y así sucesivamente; hasta reconocer que muchas de las cosas dichas y repetidas en numerosos artículos (incluida mi primera síntesis) se habían quedado a mitad de camino y que King Kong siempre estuvo lejos de ese “mítico” basural de Batán del que hablaba el rumor.

Venneri y su diente habían abierto una senda nueva, llena de preguntas por responder.

Kong en plaza ItaliaUN GORILA EN LA RURAL, BUENOS AIRES, 1978. Aquel sábado 19 de agosto de 1978 más de un lector del diario La Nación debió detenerse sorprendido en la página 2. Con seguridad no fueron los preparativos para la elección del nuevo Papa la causa del asombro o que Pinochet pidiera la unidad de los chilenos. En grandes letras de molde y una fotografía blanco y negro que ocupaba más de media carilla, el matutino porteño anunciaba la próxima llegada a Buenos Aires del mono más famoso y enorme de Hollywood.

No había indicación expresa del día de llegada, pero sí resaltó la fuerza bruta que definía a Kong, y a la que la dictadura de entonces era tan afecta. Además, la publicidad anunciaba que la Sociedad Rural Argentina (SRA) se convertiría en la anfitriona del monstruo y que el gigantesco gorila compartiría el mismo espacio con las vacas más gordas, acicaladas y premiadas del país.

No debieron faltar aquellos que se enorgullecieron ante la novedad. Que un representante tan importante del desarrollo se dignara en bajar al sur del continente era una prueba más de que el mundo había puesto los ojos en un país que, desde junio de ese año, era campeón mundial de fútbol. La dictadura militar pasaba un buen momento y había que prolongarlo lo más posible. Por eso muchos no vacilaron, pasado cierto tiempo, en considerar a Kong como un colaboracionista del circo mediático desplegado por el gobierno de facto.

Un monstruo para tapar a otros monstruos.

En días sucesivos, el anunció de la “actuación en vivo” de Kong se repitió, destacando lo que más llamaba la atención del animatronic (robot): su tamaño. La “Octava Maravilla del Mundo” competía, superándolo, al propio Obelisco de la Avenida Corrientes. Esto no era cierto, pero servía de publicidad, augurando un más que seguro éxito comercial.

Fue así que, el domingo 20 de agosto de 1978, la revista dominical de La Nación dedicó al tema una extensa nota. Por primera vez los argentinos se desayunaban de qué iba la cosa. Cuatro páginas (dos a todo color del mono y sus partes), bajo el título “King Kong en Palermo”, informaban que el protagonista del film producido por Dino de Laurentiis llegaba a Buenos Aires.

No dudaron en calificarlo como “una verdadera obra maestra de la cibernética”, destacando su altura, su peso y esfuerzo requerido en la construcción. Evidentemente no era sencillo movilizarlo, lo que sugería la importante inversión y apuesta de los empresarios que lo habían traído.

“El viaje de King Kong a la Argentina fue tan complicado como su construcción, ya que se debió embalar por partes. Para trasladarlo debió cortarse el San Diego Freeway que une Los Ángeles con Long Beach, y una custodia policial que se encargó de evitar la congestión del tráfico. Por último se lo embarcó en el buque Jujuy II de ELMA en 18 cajones de dimensiones gigantescas.”

Decían que Kong venía a resucitar en los adultos el perdido espíritu infantil y su capacidad de asombro. Para ello, la “precisión espeluznante” que le daba la computadora con la que se lo manejaba, también se convertía en estrella de aquella “verdadera maravilla técnica”.

“En esta década, ¿a quién le interesa la historia de amor de Kong? Lo que interesa es saber cómo se erigió esa interminable torre de 17 metros de alto y de 6,5 toneladas de peso. Se tardaron 6 meses en construirlo en el estudio número 17 de la Metro G. Mayer y se invirtieron 1.700.000 millones de dólares.”

Kong en La Nacion 7-9-1978Más allá de las exageraciones, el arribo de Kong a estas dilatadas pampas despertó una enorme curiosidad; alimentada por periódicos como La Nación en notas sucesivas.

El domingo 3 de setiembre de 1978 publicaba en la Sección Espectáculos: “El gigantesco King Kong viaja hacia Buenos Aires”.

“Montevideo, 2 (EFE)- Se encuentra en el puerto de Montevideo el barco argentino Jujuy II que lleva en sus bodegas nada menos que a King Kong, el gigante que recientemente sembrara el terror desde la pantalla cinematográfica, en la versión de Dino de Laurentis. El monstruo, en cuya construcción se invirtieron 700.000 (sic) dólares, se encuentra de paso en Montevideo, en escala de su viaje desde Norteamérica, hasta este fin de semana. El capitán del Jujuy II informó que a principios de la próxima semana King Kong arribará a Buenos Aires, donde será expuesto en la rural de Palermo. Si bien la llegada del buque está prevista para los primeros días de la semana, el desembarco de King Kong no se producirá hasta el jueves, ya que se encuentra almacenado en el fondo de las bodegas, expuso el capitán de la nave.”

Finalmente, tal como lo prometiera el responsable del carguero de ELMA (Empresa Líneas Marítimas Argentinas), el gorila desembarcó el jueves 7 de setiembre de 1978.

En esa ocasión, La Nación repetía gran parte de los datos que consignara en notas anteriores, pero señalaba algo que hasta entonces se desconocía y que, a futuro, sería importante para el curso de esta investigación:

“Luego de su actuación en Buenos Aires, este fenómeno de la técnica será trasladado a Mar del Plata, y luego continuará viaje a Venezuela y México, y regresará a Los Ángeles donde deberá estar a fines del año próximo, para filmar una segunda versión de King Kong.”

Enseguida se sumaron a la comparsa los “famosos” locales. La conductora de televisión fue nombrada “madrina” del gran gorila (me pregunto por quién); siendo la primer persona del país que “(…) tendrá literalmente entre manos al monstruo mecánico”.

Tras dos días de preparativos, el 9 de setiembre de 1978, los bultos que contenían las diferentes partes de Kong fueron transportados desde el puerto a la sede de la Sociedad Rural.

Aquel sábado debió ser un tanto particular para los transeúntes y automovilistas de la Avenida Santa Fe ya que, con autorización del gobierno militar de la ciudad, la célebre arteria porteña debió cambiar de mano para agilizar el traslado del “Rey”, desde la dársena C de Puerto Nuevo hasta la zona de Plaza Italia. Todavía iba mutilado. Por eso se requirieron los servicios de una empresa de transporte que puso a disposición del muñecote 18 remolques que, en fila india, recorrieron la avenida hasta la intersección con Callao, donde Pinky lo esperaba, con mucha más ansiedad que el personaje encarnado por en el film. Llegado al punto convenido, la conductora se subió a uno de los remolques y acompañó a su “ahijado” hasta el aristocrático predio que lo aguardaba.

Los porteños debieron esperar 14 días para el estreno del show. Dos semanas en las que los periódicos, la radio y la televisión alimentaron con publicidad las ansias de muchos; y que, al fin de cuentas, resultaron siendo decepcionadas por el nivel del espectáculo… y del gorila.

Finalmente, el 23 de setiembre de 1978, la Rural abrió sus puertas a las 14 horas para la primera función de las muchas que se llevaron a cabo a lo largo de los siguientes cuatro meses (sólo los días sábados y domingo).

Aquella tercera primavera de la dictadura podía ya exhibir a su gorila más grande del mundo.

Kong en Mar del PlataDEL ASOMBRO AL FIASCO. Más allá de las metáforas y licencias poéticas en las que cayeron los medios de comunicación, persiguiendo, claro está, un fin publicitario, el King Kong construido para el film de 1976 nunca fue un mono de verdad. Era un animatronic. Un robot que pretendía simular a un gorila real. Un muñecote inmenso, hecho de cables, acero y caucho, que buscó jugar un rato con nuestra capacidad de asombro, alimentando (no sin cierto aire de superioridad antropocéntrica) la dicotomía, siempre presente, entre Naturaleza y Cultura.

Hacia fines de los ’70, Carlo Rambaldi era el maestro y gurú del oficio. Constructor del tiburón de (Jaws, 1975) y de los alienígenas que el mismo director utilizara en Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (1977) y más tarde ET (1982), Rambaldi fue también el responsable de otro animal desproporcionado, no tan famoso como los anteriores y protagonista del film Búfalo Blanco (1977), en el que un ya entrado en años se enfrentaba a un búfalo albino de dimensiones ciclópeas en el Lejano Oeste norteamericano. Un especie de King Kong de cuatro patas y cuernos que pasó por el cine sin pena ni gloria.

Del mismo modo en que hoy nos sorprendemos con la animación virtual (el King Kong del 2005, dirigido por , es un buen ejemplo), en los años ’70 Hollywood nos impresionaba con sus enormes títeres robotizados. Incluso Disney aportó lo suyo desplegando dinosaurios del mismo tipo en su parque de atracciones de Miami, destino que se terminó convirtiendo en la Meca cultural de la leudante, pro-yanqui y mediocre burguesía vernácula de la “plata dulce”.

Pero las cosas casi nunca son como los medios dicen que son. Y King Kong no fue la excepción.

Convengamos que con el gorila-robot se buscó hacer dinero. La industria del cine, como es lógico dentro del esquema capitalista que le dio origen, siempre persiguió el negocio; especialmente con los filmes pochocleros, que concentran el mayor número de avances tecnológicos y efectos especiales. Por tanto, reembolsar lo invertido con rapidez y obtener beneficios aprovechando el viento de cola que le da la publicidad, son objetivos comunes en estos emprendimientos, sin que entren necesariamente en contradicción con la calidad artística de los mismos.

Todos los inversores pretenden su tajada y para ello promocionan, exageran, engrandecen, el producto que ofrecen al consumo masivo. Es lo que hicieron con el muñeco de Kong, cuando lo sacaron de gira por el mundo.

Prodigio tecnológico. Obra maestra de la cibernética. Fenómeno de la técnica. Maravilla electrónica de espeluznante precisión.

Así fue presentado el enorme gorila al arribar a la Argentina.

“(…) Se maravillarán con la naturalidad de ese enorme títere (…)”, escribía en La Nación el 21 de agosto de 1978. “Puede pestañear, abrir la boca, gesticular y mover las orejas. Además en las escenas de terror, sus fosas nasales se dilatan”, agregaba en el artículo, al tiempo que ilustraba esas palabras con una fotografía para nada sincera.

Es que el Kong que se mostraba en la toma no era el animatronic de 17 metros. Ni tampoco era aquel muñeco que aparecía en la primera publicidad del mes de agosto del ´78.

Nos mentían: detrás de esas imágenes realistas, de un Kong que gesticulaba semejando un gorila real, había un actor. No un robot. Un tipo disfrazado de mono (muy bien disfrazado, por cierto) que terminó siendo el principal protagonista del film.

Se llamaba Rick Baker y era un especialista en efectos especiales y maquillaje. Él fue Kong en la película de Dino de Laurentis. Él fue quien aparecía en las publicidades mencionadas.

El robot sólo tuvo escasos 30 segundos de fama en todo el film. Los más grotescos.

“El robot King Kong fue la campaña publicitaria más grande, más audaz, atrevida y sinuosamente engañosa jamás creada para vender una película. (…) Pero de Laurentis sabía que nadie lo tomaría en serio si hubieran sabido que sólo estaba usando un hombre con un traje de mono.”

comparacionEl tiempo demostró cuánta razón tenía, ya que los críticos se burlaron sin cesar por el uso del traje. Pero eso ocurrió muchos meses después. Como muy bien lo señala el artículo Robot Kong!, “Los críticos en 1976 no se dieron cuenta de la diferencia en absoluto”.

Los que sí se dieron cuenta fueron todos aquellos ingenuos que acudieron a la Rural de Palermo a ver el espectáculo. Un show circense que resultó ser caro, mediocre y muy corto. Kong, después de un despliegue de payasos, malabaristas y un locutor que anunciaba todo lo que iba a suceder, sólo aparecía 15 minutos. Un verdadero fiasco.

Aún así, los empresarios responsables consiguieron mantener el circo hasta enero de 1979, cuando el ya desprestigiado Rey Kong empezó a preparar sus valijas para pasar el verano en la costa atlántica.

422PARTE 2
“-¿Qué sucedió con el cuerpo de Kong?
-Estaba allí, y entonces apareció una
cuadrilla de hombres y se lo llevó, y nadie
sabe con seguridad adónde fue a parar.”
Brad Strickland y John Michlig
King Kong. Rey de la Isla de la Calavera
Booket, Bs As, 2005, Pág. 140

“No es fácil destruir un ídolo:
requiere tanto tiempo como el
que se precisa para promoverlo
y adorarlo.”

E. M. Cioran
Breviario de Podredumbre
Adiós a la Filosofía, Pág. 14

EL REY DE LA COSTA, MAR DEL PLATA, 1979. Pensaron que arrasaría con todo. Que con ser grande bastaba. Creyeron que sus credenciales hollywoodenses eran suficientes y que con la fama ganada desde 1933 destronaría a todos los demás espectáculos de aquel verano de 1979.

Mar del Plata estaba orgullosa de recibirlo. Se ufanaba de ello. Una pequeña porción del mundo desarrollado asentaba sus reales en la Avenida Luro, tal vez la más marplatense de las avenidas.
Lo habían traído desde la rural porteña. Resumía todo el cine internacional. Era la estrella que opacaría a todas las otras. El as en la manga que los empresarios sacaban un tanto tarde, en febrero, a un mes de iniciada ya la temporada estival; pero un as especial, insuperable. El as de ases. El arma secreta de destrucción masiva que todos hubieran deseado tener.

En principio era imbatible.

¿Quién podría vencerlo, si él había sido capaz de derrotar a tiranosaurios y pterodáctilos, casi sin despeinarse?

Aquel gorila gigante, que arribó a la costa bonaerense y enriqueció aún más a la Perla del Atlántico, encarnaba el éxito seguro. El camino de la fortuna. La posibilidad de recuperar la inversión y forrarse de dinero.

El debut de Kong en Mar del Plata se realizó el 1 de febrero de 1979. “Un debut tardío”, tal como lo sentenció el diario La Capital al día siguiente en un amplio artículo, que mezclaba promoción e información en partes iguales.

El sitio elegido para levantar la carpa inflable (aeroestructura) en la que el gorila haría las delicias de niños y adultos, era más que apropiado para un gladiador de su estirpe: el predio del ex estadio Bristol. Un antiguo palacio del box marplatense, por entonces demolido; muy a pesar de los nostalgiosos habitantes de la ciudad, habituados (lamentablemente) a ver caer bajo el peso de la picota a sus más emblemáticos edificios de antaño.

Bienvenido Kong a la ArgentinaSegún indicaba aquel artículo, la demora se había originado por exigencias de orden técnico. El mono era tan grande que debieron realizar obras especiales para ubicarlo, haciéndose necesaria la construcción de un foso con el objeto de armar un anfiteatro, en cuyo escenario estaría de pie Kong. Aparentemente, la Empresa Román (la misma que lo llevara del puerto de Buenos Aires a la Rural) fue la encargada de trasladarlo a la costa en tres camiones especiales.

Y así trascurrió todo el mes de febrero de 1979.

Parado de espaldas a la calle Jujuy, Kong, “el artista más grande del verano” , “la maravilla técnica” de De Laurentis, intentó insertarse en el mundillo artístico de la costa, ayudado por el ingeniero Eddie Surkin, responsable de todos los movimientos del robot.

“El show de King Kong, obviamente limitado por sus posibilidades de desplazamiento [Nota: el muñeco jamás se desplazó solo para ningún lado], ha sido solucionado mediante el hábil recurso de utilizar las preguntas que le formulan los niños de la platea que son las que justifican las reacciones [del mono]. Y no es ningún descubrimiento comprobar el grado de sensibilidad y de ingenio que pueden poner en semejante empresa los pequeños. Algunas de las preguntas formuladas le dan la ocasión a King Kong a mostrarse eufóricamente afirmativo (¿estás contento en la Argentina?), tras le despiertan nostalgia (¿extrañás a tu mamá?), exaltan su ego masculino (¿te gustan las muchachas rubias?), le provocan estupor (¿usas desodorante?), o simula ira (cuando te cases ¿vas a ir a vivir con tu suegra?). Cada pregunta tiene una correlativa exteriorización corporal que, indudablemente a través del movimiento facial, denota esos diferentes estados de ánimo. Luego de un presunto arranque de ira, levanta sus brazos y rompe las cadenas con grilletes que lo sujetaban, y como final de cuadro, una blonda trapecista se descuelga sobre una soga y queda depositada sobre su brazo derecho, siendo levantada sin ningún esfuerzo. En esa circunstancia, y por efecto de la comparación, es cuando mejor se aprecian las proporciones de King Kong y por derivación se dimensiona el riesgo, la inversión y hasta la aventura que ha constituido traer a semejante personaje desde su país de origen.”

King Kong en Mar del Plata11Pero algo salió mal. El negocio no funcionó y el show de King Kong en Mar del Plata terminó siendo un fracaso empresarial.

El espectáculo siguió siendo mediocre, más caro que en Buenos Aires y con una mala fama de arrastre que atentó contra su potencial éxito. Además, muchos de los veraneantes de la ciudad ya lo habían visto “actuar” en la Rural porteña.

Cuando la temporada terminó, la carpa que lo cubría fue quitada, las butacas fueron levantadas y un otoño helado cayó sobre Mar del Plata, en tanto que el robot del gorila permanecía a la intemperie, apenas tapado por una lona.

Y un buen día se desvaneció.

EL MISTERIOSO DESTINO DE KONG. ¿Qué sucedió con el enorme animatronic tras su fallido show en Mar del Plata? ¿Terminó en un basurero a las afueras de Batán, siendo desguasado por los habitantes de una villa, o fue llevado al barrio de Devoto, donde un niño de 10 u 11 años le extrajo parte de su dentadura, antes de seguir viaje al exterior?

Si regresamos al testimonio que me diera Daniel Venneri en 2013, habría que rescatar una frase, de manera muy especial:

king kong mar del plata“Lo único que recuerdo es que lo habían traído de Mar del Plata y luego lo llevarían a Brasil.”

¿En verdad tuvo el testigo esa información en 1979 o fue un agregado posterior que le hizo involuntariamente a la historia? ¿Hasta qué punto los datos, que con seguridad adquirió a lo largo de los años, influyeron en el modo de actualizar los hechos ocurridos en su infancia? ¿No estaría, inconscientemente, cometiendo un flagrante anacronismo a la hora de recordar?

En un primer momento pensé que Venneri estaba equivocado, que en realidad estuvo hurgando en el cuerpo de Kong antes de que fuera llevado a Mar del Plata y no después. Pero los hechos que revelaron los diarios de la época (consultados en la Biblioteca Nacional) demostraron que esa hipótesis no era correcta.

Kong no tuvo ninguna “escala técnica” previa después de dejar el predio de la Sociedad Rural de Palermo. Fue desarmado y remitido directamente desde Plaza Italia (Capital Federal) a la costa bonaerense, sin descanso alguno en el camino.

En ese caso, si Daniel lo vio después de su paso por la costa ¿qué pasó con el robot al cabo de permanecer en el playón de Villa Devoto? ¿Salió rumbo a Brasil, como sugería Venneri?

Decidí buscar por Internet algún dato y no tardé mucho en verificar queuna serie de artículos en portugués referían que King Kong había visitado la ciudad de San Pablo y exhibido al público en un sitio llamado Playcenter. Pero en 1977, dos años antes de haber pasado por Mar del Plata.

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Jessica Lange en manos de Kong

Indagué un poco sobre qué tipo de lugar era ese Playcenter y averigüé que fue un parque de atracciones muy famoso en su época. Una especie e Italpark paulista, muy conocido y querido por los brasileños, inaugurado en 1973.
Cuatro años después de su apertura, en julio de 1977, Dino de Laurentis, Carlo Rambaldi , Jessica Lange y un nutrido grupo de técnicos y co-productores del film del ’76, visitaron Brasil con el fin de promocionar la película que estaba a punto de estrenarse en ese país. El arribo de la estrella principal, que con su belleza y sensualidad había capturado la atención de buena parte del planeta, no pasó desapercibo por los medios locales.

El propietario de Playcenter, Marcelo Gutglas, un exitoso empresario paulista, aprovechó la estadía de los norteamericanos para colocar a su parque de diversiones en la mirada y boca de todos. Convocó a de Laurentis, Rambaldi y Lange a hacer acto de presencia en Playcenter.

Uno de los gerentes del parque, Mauricio Kus, escribió: “Tuvimos una reunión con Alexander Adamiu, presidente de Paris Film, y Fernando Elimelec, director de marketing de Playcenter, de la cual resultó que el Departamento de Ingeniería construiría (con supervisión de Rambaldi) un gorila de 15 metros de altura que sería expuesto por 90 días en el punto más central del parque.”

Pero no estábamos hablando del mismo Kong. No era el original. Aquel enorme mono de Playcenter resultó ser mucho más tosco, hierático y pequeño. Ni siquiera fue un robot. Era otro Kong. Una copia de mala calidad que nada tenía que ver con el gorila que, dos años después, asustaría a los chicos de la Avenida Luro de Mar del Plata.

Kong UniversalMe quedé tranquilo. Creí que con esos datos se descartaba de lleno el viaje de Kong a Brasil tras haber estado en la costa atlántica y que Venneri había confundido esa visita del ’77 con otra posterior a la extracción dentaria en Devoto. Pero esa lógica duró poco tiempo.

Dos o tres días después de confirmar el paso de Jessica Lange, Rambaldi y de Laurentis por San Pablo, una nueva fotografía vino a descalabrar todo de nuevo [véase foto inferior].

Tenía un epígrafe que decía: “King Kong en Playcenter, 1977”.

Pero había un problema: el gorila de la foto se parecía muchísimo al de Mar del Plata. Era casi idéntico y no se asemejaba en nada al que había sido construido por el departamento de ingeniería del parque brasileño.

Miré la foto con detenimiento y, en primera instancia (tal vez guiado por el prejuicio) lo creí un poco más chico. ¿Cuánto medía realmente? ¿Había alguna forma de calcular la altura exacta a partir de la foto?

Consulté a un especialista en matemática y me aconsejó utilizar la fórmula de proporcionalidad directa. Pero para ello había que tener una medida real de la cual partir (y a pesar de que en la foto aparecían varias personas, desconocía cuanto medían). Lo que sí sabía era que el animatronic de Argentina tenía 17 metros y que, de ser el mismo, el muñeco del acoplado debía medir lo mismo.

¿O habían construido dos muñecos robóticos de King Kong?

Era una posibilidad. De hecho, en alguna parte había leído, al pasar, algo al respecto. Volví a revisar mis apuntes y, en efecto, encontré lo que buscaba.

Uriel Barros, en el citado artículo King Kong Murió en Argentina, escribió que tras el fracaso del espectáculo en Mar del Plata “(…) los licenciatarios estadounidenses del enorme simio pedían las cabezas de los argentinos. Eran estos mismo licenciatarios los dueños de los dos únicos modelos de King Kong que se mantuvieron intactos en los Estudios Universal de Florida hasta hace un par de años atrás, cuando fueron devorados por las llamas del incendio que azotó dichos estudios.”

De acuerdo con esto, ya no eran dos, sino tres los gorilas que se habían construido. No entendía nada. Estaba confundido. Perdido. En medio de un camino lleno de dimes y diretes, rumores y contradicciones, noticias cruzadas y fotos que se volvían más y más enigmáticas. ¿De qué dos muñecos hablaba Barros? ¿Era uno de ellos el que terminó fotografiado en un acoplado de Playcenter en 1977?

Si quería conocer la verdadera identidad de ese muñecote, primero debía averiguar algo más sobre ese par de Kongs a los que se refería Barros.

Y tenía una sola pista: el incendio de los Estudios Universal.

El 1 de junio de 2008 el fuego arrasó con gran parte de los Estudios Universal de Los Ángeles, California. Oficinas, set de filmaciones, depósitos e importantes archivos fílmicos se perdieron para siempre. Debieron actuar más de 400 bomberos y helicópteros para sofocar las llamas. Al principio se temió su propagación en bosques linderos. Afortunadamente pudieron controlarlo a tiempo. Así todo, las pérdidas fueron catastróficas.

Página 12 informó, dos semana más tarde, respecto del saldo dejado por el siniestro:

“En un primer y último informe oficial se dijo que las perdidas incluyeron el superclásico decorado de las calles de Nueva York; al menos un estudio de filmación completo, el animatronic gigante de King Kong, el set de Volver al Futuro (…) y las abstractas Video Vault, en donde en un primer momento nadie recordó que también se almacenaban masters de grabaciones musicales del sello Universal, Decca y AM Records.”

¿Era ese animatronic un segundo ejemplar fabricado para la película de Dino de Laurentis?

Bastó recorrer las imágenes que del muñeco dieron los diarios y noticieros que cubrieron el incendio, para advertir que en nada se parecía al Kong usado en el film (aún siendo muleto del principal).

theTimesNews27-04-1985Ese gorila no era criatura de Carlo Rambaldi. Ese mono, mucho más joven, había sido construido por Bob Gehr en junio de 1986 para ser instalado en el parque de atracciones de la Universal. En esencia, era un gran globo inflable que se movía con gran naturalidad. Muy lejos del tieso robot que viajara (según mi conjetura) a Brasil en el 79.

Respecto del otro gorila que Uriel Barros nombra al pasar, caben dos posibilidades: era otro muñeco parte del show de la Universal (que también se quemó) o aludía a la marioneta que viajó a París en 1976 para promocionar el estreno. Claro que éste no era un animatronic, sino un muñeco de goma espuma y caños que sobrevivió y fue alquilado para el filme Bye Bye Monky, que permanece hasta hoy en una feria de la ciudad de Rimini, Italia [véase foto inferior].

En conclusión, todo indicaba que había existido sólo un animatronic original para el film del ’76. Y aunque ese dato no lo tenía del todo confirmado, había otro problema de resolución pendiente: ¿era el King Kong de la foto del acoplado de Playcenter (fechada en 1977), el mismo que había viajado dos años después a la Argentina? No había datos, ni testimonios de que el robot protagonista original de la película hubiera estado en Brasil con Jessica Lange y de Laurentis (y en ese supuesto caso ¿por qué habrían mandado a construir otro de mala calidad, para colocar en el centro de Playcenter?). No era lógico.

Tenía que saber cuánto medía el Kong del acoplado y el cálculo de proporcionalidad directa reclamaba tener una medida real de alguno de los objetos que aparecían en la foto. El más evidente era el camión. Consulté cuál era la altura promedio de la cabina (2,80 m), lo que en la foto equivalían 2 cm. Medí al gorila (11,3 cm en la foto) y el resultado arrojó 16.5 metros aproximados.

Era el mismo muñeco.

Había de seguro un error. Y ese error tenía que estar en la datación de la fotografía.

No podía ser de 1977.

Por lo tanto, indagué otra vez en la historia del parque de atracciones de San Pablo, topándome con un revelador reportaje realizado en 2012 al propietario de Playcenter, Marcelo Gutglas. Y esto es lo que el empresario reveló ante la pregunta “¿Cómo fue el episodio de King Kong en Playcenter?”: “Hubo dos momentos. En 1977, cuando la película se estrenó, la actriz Jessica Lange y el ganador del Oscar Efectos especiales, Carlo Rambaldi, llegaron a Brasil y visitaron el Playcenter al estreno de la película. En ese momento, el muñeco utilizado fue diseñado y construido por el propio parque. En 1979, trajimos de los Estados Unidos el muñeco original utilizado en la película. Era 20 metros de altura y 80 movimientos en la cara. Fue una gran sensación con colas kilométricas. La curiosidad fue tal que golpeó el récord de asistencia en el momento con 450.000 visitantes en Julio.”

¡Eureka!

En efecto, la foto era de 1979. Concretamente, del mes de julio de ese año.

Ahora las cosas empezaban a tomar forma y el testimonio (tanto como el diente) de Venneri se convertían en un mojón cierto e importante en la reconstrucción del recorrido del robot.

Daniel no se había equivocado. Sea como sea, la información que recibiera en Devoto, mientras desdentaba al mono con sus amigos, era en gran parte cierta: Kong aguardaba, en ese playón de barrio, cubierto con una lona verde, para partir a Brasil.

Kong San Pablo 2MUDO, ABANDONADO Y ESPERANDO EL REMATE. A esta altura, cuando ya todo parece indicar que Kong, efectivamente, hizo su última escala en un playón del barrio de Devoto, debemos regresar a la Mar del Plata de principios de 1979 para averiguar, a través de los diarios de la época, qué se decía del tema por entonces.

Es imposible que los medios marplatenses desatendieran un asunto tan bizarro. Kong no era un personaje cualquiera. Llamaba la atención. Por lo tanto, guiado por ese presentimiento, volví a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional y rescaté todos los artículos que sobre el tema publicará el diario La Capital, a lo largo de 1979.

Me llamó mucho la atención (y ahora entiendo bien el motivo) que el “asunto Kong” desapareciera por completo de las páginas del diario hacia fines de abril. Desde ese momento, no se volvió a tratar el tema. El gorila hollywoodense (el único construido para el film del ´76) se evaporó del registro periodístico; pero la información recabada en los únicos cinco artículos que hallé, me permitieron conocer algunos datos, de suma importancia, que se habían olvidado por completo.

Quedaban, claro, muchas preguntas por responder. Necesitaba nombres y apellidos concretos, testigos y protagonistas de los hechos, que pudieran decirme qué había pasado con el animatronic de la Avenida Luro y España.

8514Y con los diarios en la mano, los nombres no tardaron en aparecer.

Terminada la temporada teatral, a fines de febrero del ’79, las referencias sobre King Kong en los periódicos locales se hicieron esperar por espacio de un mes y medio. Recién el 15 de abril un artículo de La Capital anunciaba, para sorpresa de muchos, que el Rey de la Isla de la Calavera estaba listo para ser rematado.

Por primera vez se hacía público el fracaso empresarial.

“King Kong será rematado (…) según algunos trascendidos recogidos en medios tribunalicios. Tal parece ser el destino del inmenso gorila mecánico que quedó abandonado en el predio del viejo estadio Bristol. Según las versiones, Joaquín Leitao, martillero público inscripto a los registros tribunalicios como auxiliar judicial, tendrá a su cargo la insólita subasta. El ofrecimiento del simio electromecánico al mejor postor se producirá sobre el final del corriente mes [abril]. Mientras tanto King Kong espera inmóvil, todavía erguidos sus casi ridículos 15 metros (sic) de altura, en el terreno que comprende buena parte de la manzana comprendida por la avenida Luro y las calles España, Jujuy y 25 de Mayo. Aún permanece donde hace días protagonizara un de los fracasos más significativos en materia de espectáculos que se recuerde en Mar del Plata.”

El pobre Kong ya empezaba a ser tildado de ridículo. Sus días de admiración habían terminado y como a todo tirano, aquellos que una vez lo aplaudieran, empezaban a verter críticas y adjetivos descalificativos sobre él. Su altura descomunal ya no sorprendía a nadie. Era un gigante fracasado.

“… (es que) gracias a la poca atracción que su presencia originó y también como resultado de las deudas contraídas por sus tutores argentinos, el mono ahora parece cantar ‘aquí estoy varado sin plata y sin fe’, como reza el tango de Cadícamo y Barbieri.”

¿Quién iría a comprarlo? ¿Quién cargaría con la mala imagen (según La Capital) que había dejado en toda la costa bonaerense? Se rumoreó que el propietario del Circo Tihany (muy famoso en aquellos días) estaba interesado. Pero el asunto no prosperó.

Todos estaban sorprendidos. Incluso el mismo martillero seleccionado para el remate.

“Efectivamente he sido sorteado para la subasta –dijo en un reportaje, entremezclando con sus palabras con una sonrisa.- En mi vida he rematado de todo. Desde gallinas y chanchos, hasta un barco, pero nunca me imaginé que a los 60 años de edad fuera a rematar a un orangután (sic) de 15 metros de altura”.

Hasta ese momento no quedaba nada claro cuáles habían sido los motivos que habían iniciado el proceso judicial.

¿Quiénes eran, realmente, los “tutores argentinos”? ¿Cómo se había iniciado la demanda y por qué?
Kong, mudo y abandonado, no pudo dar respuesta a esas cuestiones; entre otras cosas porque los equipos electrónicos que permitían sus terroríficos gritos y grotescos movimientos, habían desaparecido (a pesar, según el periódico, de estar en el inventario).

Kong con el juezCuatro días después, el jueves 19 de abril de 1979, en horas del mediodía y portando una orden emitida por el Juez doctor Jorge Orlando Ramírez (Juzgado 5, Secretaria 9), un oficial de justicia se apersonó en el terreno de avenida Luro y puso al gorila en posesión del martillero Leitao; quien procedió a realizar un reconocimiento del gigante, constatado formalmente la desaparición del equipo de sonido utilizado para darle vida al simio. Pero en ese mismo momento (19/4/79), una denuncia radicada en la Seccional Primera de la Policía de la Provincia de Buenos Aires iba a trabar toda la gestión, revelando a los verdaderos protagonistas de la historia y una trama comercial un tanto complicada. Aun así, el remate siguió en pié, que se iba a hacer el 29 de abril. La fecha duró poco tiempo.

Siete días más tarde, el 26 de abril, la Justicia suspendió el remate.

¿Qué había pasado?

Ni siquiera el martillero Leitao tenía claras las cosas.

“He recibido la cédula del juez Ramírez, donde se me notifica que fue decretada la suspensión de la subasta, pero los motivos no puedo establecerlos con exactitud.”

Recién el 28 de abril, y por intermedio del abogado Néstor Mario Lorusso, representante legal de la empresa que había traído a Kong a la Argentina, pudimos enterarnos de los detalles y del desenlace de toda esta historia.

King Kong - Universal Channel-EL DR. KONG. La empresa encargada de traer a Kong a nuestro país hizo su primera aparición pública con un aviso de agradecimiento en el diario La Nación, un día después de que el animatronic llegara a la Sociedad Rural de Palermo. Con esa manifestación de abierto reconocimiento, King Kong Producciones demostraba sus buenas relaciones con el gobierno militar porteño y la Policía Federal, al permitir el cambio de mano de la avenida Santa Fe para agilizar el traslado del simio desde el puerto.

La productora tenía su domicilio legal en la calle Garay 140 8° piso (entre Azopardo y Paseo Colón), pero sería varios meses más tarde, en pleno escándalo judicial tras el fracaso marplatense, cuando su nombre real fuera exhibido públicamente. Se llamaba International Transax S.A., con oficinas en avenida del Libertador 1535 de Capital Federal, y su presidenta era una tal Becky Simone Pérez y Pichtón, asociada a otros accionistas, especialmente al señor Ricardo Gangeme. Juntos fueron los “tutores argentinos” del gran simio y los responsables del robot ante la Corporación Dino de Laurentis, a quien le habían alquilado el descomunal muñeco hasta el 5 de mayo de 1979.

Cuando la empresa decidió continuar sus negocios en Mar del Plata, entró en contacto con Airestructura SRL, de José Miguel Cuffia, a fin de alquilarle la carpa en la que Kong haría su show. Según el contrato, comentado por el Dr. Lorusso, Cuffia recibió como adelanto y garantía dos pagarés de 10 millones de pesos ley cada uno (con vencimiento el 20 de febrero de 1979). Tales documentos no podían ser endosados ni negociados con terceros ya que sus importes se irían amortizando con depósitos diarios del 10 % del total de la taquilla, recaudada por el show en la carpa de avenida Luro.

Cuando el espectáculo se levantó a fines de febrero, Transax S.A. tuvo que pagar una alta suma en concepto de gasto de luz y SADAIC que, por contrato, tenía que haber pagado Cuffia. Cuando Transax le hizo el reclamo, y solicitó la devolución de los dos pagarés en garantía, ya que la productora había hecho los depósitos del 10 % en tiempo y forma, no obtuvieron respuesta. El motivo se reveló al poco tiempo: Cuffia había entregado los pagarés a un tal Juan Carlos Ferré, quien quiso ejecutarlos y no pudo. Por tal causa, Ferré le inició un juicio a Transax y he aquí el trámite judicial que explica el pedido de embargo del muñeco.

jessica_lange_in_king_kong_1976_hd_10.aviCuando los medios de comunicación marplatenses se hicieron eco del embargo y futuro remate de robot, Transax S.A. actuó de inmediato, excusándose del retraso (recordar los varios días de la noticia en los diarios). Adujo que no sabía nada del remate. Que no se habían enterado debido a dos errores de procedimiento. El primero de ellos era que el juicio estaba radicado en el Juzgado 5 Secretaria 9 y no en la Secretaria 10, como habían creído desde el principio. Y el segundo, se debió a que la citación había sido enviada a la Avenida Luro y España, y no a la dirección legal de la empresa (Garay 140/142 de Cap. Fed.).

No bien Pérez y Pichtón y sus socios tomaron conocimiento de todo el problema, viajaron de inmediato a Mar del Plata y con fecha 18 de abril de 1979 depositaron la suma de 15 millones de pesos ley en el Juzgado, consiguiendo así frenar la subasta.

Hecho el depósito, el doctor Lorusso, con fecha 28 de abril de 1979, afirmó:

“Transax pagó el capital reclamado, las costas y honorarios, para liberar a King Kong. Lo hacen a solo efecto de poder cumplir con la salida del muñeco electromecánico el 5 de mayo y satisfacer asimismo los compromisos que tienen contraídos en el exterior. Pero este pago lo hacen dejando aclarado que no deben nada a nadie y aprestándose a repetir contra quien corresponda (…) El gigante, en pocas horas más, emprenderá su espectacular viaje a países extraños”.

El rescate del popular gorila había terminado.

CONCLUSIÓN. En pocas palabras: King Kong no murió en Mar del Plata, ni en ninguna otra parte de la Argentina. El gran simio encontró la forma de superar sus problemas con la justicia marplatense y, tras un fugaz paso por un playón del barrio de Devoto, en Buenos Aires, dejó nuestro país para siempre.

Así recordó Venneri al gorila: “Se lo veía medio roto y la goma estaba medio podrida”. Quizás por eso no fue directamente para Brasil sino a Estados Unidos para su reparación y puesta a punto antes de enviarlo a la sede de Playcenter, en San Pablo, hacia fines del mes de julio de 1979.

Allí, Kong volvió a ser tratado como lo que siempre había sido: un Rey. Aún con algunos dientes postizos.

Desconozco sus destinos posteriores. Pero siguió viajando. Dino de Laurentis amortizó los varios millones de dólares que le costaron su construcción y Eddie Surkin, el ingeniero que le diera vida manipulando la consola que controlaba sus gritos y toscos movimientos, fue el encargado de acompañar a Kong a todas partes, hasta 1985.

¿Cómo sabemos eso?

Hacia el final de la búsqueda de datos, consulté una hemeroteca digitalizada en Internet, accedí a un pequeño artículo de un diario de Carolina del Norte (EE.UU.), el Times News, de Hendersonville, NC, del lunes 29 de abril de 1985, en el que se anunciaba que el mono más famoso de Hollywood arribaba a su lugar de descanso final.

Traté de comunicarme con E. Surkin. No tuve suerte. Todo indica que el ingeniero sigue vivo y es propietario de una empresa de efectos especiales en California. Pero este intento me conectó con un especialista en la historia del cine de Hollywood, el escritor Ray Morton, autor del libro King Kong: The History of Movie Icon from Fay Wray to Peter Jackson (2005), a quien le remití el artículo de Times News junto algunas preguntas, que generosamente respondió a la brevedad.

“Fernando:
Sólo había un robot a gran escala de Kong, construido para a película de 1976 (…) y que fue enviado a la Argentina y luego a Brasil. He oído cosas sobre el destino de ese robot. Una, que fue abandonado en América del Sur, como tú dices. La otra, que volvió a Estados Unidos y terminó en el plató del estudio de Dino de Laurentis en Carolina del Norte. No he podido confirmar ninguna de las dos. Cada persona con la que hablé tenía una historia diferente. Claro que el artículo que me mandaste confirma lo que ya había oído: que recorrieron el mundo con el robot durante unos años y que luego terminó almacenado, en un depósito de Los Ángeles cercano al aeropuerto, hasta que Dino se trasladó a Carolina del Norte a principios de los ’80. Así me lo dijo Gary Martin, gerente de los Estudios Sony, que solió trabajar para MGM y fue el encargado de la construcción del KONG 76. Por lo tanto, me inclino a creen en esa versión”.

Ahora, yo también.

Junio de 2015

Para leer notas y referencias,

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