Fotos del lago baikal


por el 26 agosto, 2011 en,

Cuando hace tiempo comencé a fantasear con la idea de recorrer Rusia de pueblo en pueblo (ingenua de mí, pensé que un mes sería tiempo suficiente para perderme por la Siberia más profunda), imaginaba algo como Irkutsk. De acuerdo: mucho más pequeño, pero tras visitar grandes ciudades como,,, y (unas con más encanto que otras), Irkutsk ha sido el lugar que más se ha ajustado a mi idea romántica de la Rusia rural. Salvando las aldeas que fugazmente he visto desde el tren, y mi posterior visita al pueblo de Zhuzhir en la isla de Olkhon, claro.

No nos engañemos: Irkutsk es una ciudad. Una ciudad pequeña, pero ciudad al fin y al cabo. Con sus centros comerciales, su mercado cubierto y las chimeneas de sus fábricas invadiendo el espacio urbano (un denominador común en todas las ciudades rusas por las que he pasado). Sin embargo, las casuchas de madera que se encuentran salpicadas entre los grandes edificios soviéticos le dan un encanto especial. En su día, esas casas fueron levantadas sobre placas de hielo, y con el tiempo, el calor generado en ellas ha provocado que se hundan en la tierra, inclinándose, retorciéndose, como agonizantes entre esos grandes gigantes de hormigón. Algunas cuesta creer que se tengan en pie.

Irkutsk

Irkutsk (2)

Irkutsk (10)

Irkutsk (5)

Irkutsk (4)

Irkutsk (3)

En Irkutsk me he quitado de encima una losa que arrastraba desde : ir al circo. Todos hemos oído hablar del “circo ruso”, pero hasta que no estás en el país y ves que cada ciudad cuenta con su propio edificio dedicado a este espectáculo, y que las filas que se forman en taquilla dan varias vueltas a la manzana, no comprendes la verdadera importancia que el circo tiene dentro de la cultura popular rusa.

Así que, aprovechando que a mi paso por la ciudad había función, y que “más o menos” me lo podía permitir (las entradas partían de los 300 a los 700 rublos -7 a 17 euros-; y yo, en un alarde de tirar la casa por la ventana, compré una de 400), allá que fui, a pesar de que este espectáculo nunca ha sido santo de mi devoción, y que concretamente los payasos me provocan auténtico pavor.

Circo de Irkutsk

Circo de Irkutsk (5)

Circo de Irkutsk (4)

Fue un poco largo, pero he de reconocer que, en términos generales, me gustó. La compañía que esos días actuaba en Irkutsk es de Moscú y al parecer tiene buena fama, aunque no sea, por supuesto, de las mejores del país. En cualquier caso, el nivel de las bailarinas, los trapecistas, y los efectos de luz y sonido, estuvo muy por encima del de cualquier circo al que haya ido en España, eso lo puedo asegurar. Bueno, el nivel de todo… menos el de los payasos. Para mí no sólo carecían de gracia alguna, sino que con cada una de sus apariciones entre actuación y actuación me entraban unas irreprimibles ganas de echarme a llorar y salir corriendo. Claro que esto son sólo cosas mías: el público ruso no debía opinar lo mismo porque reían como locos: padres, madres, abuelos y niños. Y ni hablar de cuando sacaron a unos espontáneos entre el público para hacer un sketch cómico: “el acabose”. Hasta llegué a dudar que fuesen rusos.

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Y de Irkutsk al lago Baikal, una de las etapas más esperadas del viaje: el mar de Siberia. “Reserva días” me habían dicho, “no te vas a querer ir”. Y yo, como buena previsora, reserve cuatro días para perderme de la civilización y disfrutar de esos paisajes de ensueño de los que tanto me habían hablado.

Abandoné Irkutsk bajo un aguacero considerable que se había instalado en la ciudad hacía ya cinco días, y que decidió acompañar a nuestro minibus durante todo el camino hasta el lago. La mayor parte del trayecto fui dando cabezadas, ajena a la lluvia y al destino que me esperaba: ah… bendita ignorancia. Pero entonces bajé del vehículo, y no me dio tiempo a mirar a mi alrededor porque acto seguido me pasaron mi mochila, EMPAPADA hasta lo más profundo por la tormenta que había caído sobre el techo del bus. Y sin tiempo tampoco para reaccionar a esto, un coche pasó a mi lado, pisando una poza y empapándome también a mi de los pies a la cabeza. Y cuando ya parecía que nada podía ir peor, agarré la cámara para inmortalizar el momento y comprobé (¡oh, sorpresa!) que se ha roto “misteriosamente”, y he perdido la tapa que protege la batería (¿¿cuándo?? ¿¿cómo??). Y, entonces sí, respiré hondo, miré lo que tenía ante mis ojos, y horrorizada me pregunté: ¿¿CUÁNDO ME ENGAÑARON PARA VENIR A ESCOCIA??

Baikal

Primera visión, antes de cruzar con el barco.

Baikal (3)

Odio el mal tiempo. Bueno, odiar es una palabra muy fuerte, así que digamos que no me gusta nada el mal tiempo. Será por haber nacido y crecido en una región donde la lluvia es “lo normal”, y el sol, un pequeño lujo del que disfrutamos unos pocos días al año, pero yo lo tengo claro: viajo para aprender, sí; pero también para disfrutar. Por eso será difícil que por mi propia voluntad me veáis en un destino de viento, lluvias, tormentas y temperaturas bajo cero. Puedo soportar uno de estos factores cada vez (me encanta, por ejemplo, esquiar cuando hace sol; y no le hago ascos al sudeste asiático en época de Monzón), pero todos a la vez, no. Todo no.

La isla de Olkhon me recibió con un tiempo infernal; una auténtica pesadilla. Pero no iba a abandonar nada más llegar, así que hice de tripas corazón, confié en que la cosa cambiaría, y decidí darle una oportunidad.

Baikal (4)

Baikal (11)

Para que se te caiga el alma a los pies

Baikal (15)

Como lo último que quería era verme rodeada de turistas, descarté de primeras el hostal al que se dirigieron todos mis compañeros de autobús: el famoso Nikita’s. En su lugar, me dirigí al centro del pueblo y caminé sin rumbo fijo hasta que una señora me ofreció quedarme en su casa por 350 rublos, frente a los 800 que -con pensión completa- cuesta alojarse en ese Disneyland ruso que es el Kinita’s Guesthouse.

Nunca me arrepentí de la decisión: si lo que quería era una desconexión total, lo conseguí. Claro que a costa de prescindir de algunas comodidades: una “cabaña” básica sólo para mí (acogedora, las cosas como son), pero nada de ducha ni servicio. En su lugar, una letrina al fondo del huerto servía para hacer las necesidades básicas, y si quería ducharme… tendría que hacer uso del banya de los vecinos. Otra asignatura pendiente que cumplí en Olkhon.

Baikal - casa

La casa de la señora

Baikal - casa (3)

Mi cabaña fotos del lago baikal

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La letrina

Baikal - casa (4)

Lo más cercano que iba a estar de la higiene personal, si no usaba el banya.

 

 

El banya ruso es un término medio entre la sauna finlandesa y el baño turco. Podéis leer el articulillo que hace unos días escribí para Diario del Viajero, pero por resumirlo de alguna manera, digamos que el procedimiento es simple: entras, te desnudas, sudas, te refrescas con agua (para que no esté helada, mezclas la fría y la caliente en un barreño hasta conseguir la temperatura ideal), y al final del todo, te azotas a ti mismo con unas ramas húmedas, en plan “masaje”. Este último paso lo omití. Pero me encantó la experiencia, y volví los cuatro días que pasé en la isla, consiguiendo cada día aguantar dentro del banya un poquito más que el día anterior. Lo recomiendo :)

Baikal - Banya

El banya de los vecinos

Baikal - Banya (2)

Baikal - Banya (3)

Baikal - Banya (4)

Durante los tres primeros días en la isla no paró de llover, así que aproveché para descansar, leer, comer mucho pescado (el famoso “omul”, del que hablaré en la próxima entrada sobre “gastronomía”) y pasear por el pueblo cuando el chaparrón concedía un minuto de alivio. Por las noches, entonces sí, me acercaba hasta el Nikita’s, pero sólo para hablar con uno de sus empleados: un simpático y septuagenario señor, fanático de Raphael, que me invitaba a su habitación para cantarme canciones y ponerme vídeos (en realidad era siempre la misma película) del artista español, cuyos diálogos se sabe de pe a pa, sin hablar más de dos palabras de la lengua de Cervantes. Un encanto de hombre.

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Un rayo de sol, oh, oh, oh...

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El cementerio del pueblo, con lápidas de museo

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Zhuzhir es un pueblo curioso. Por una parte, no cabe duda de que es un lugar turístico: el “campamento base” de estancia en Olkhon, y punto de partida de la mayoría de las excursiones por la isla. Pero por otra parte, en ningún mometno se tiene la sensación de que esté masificado (¿o será que todo el mundo está en el Nikita’s Guesthouse?), y la infraestructura no corresponde a lo que cabría esperarse de un lugar tan “de moda”: no más de dos restaurantes y un “bar” (por llamarlo de alguna manera), ni hablar de Internet (bueno, hay una caravana a la que pomposamente llaman “Ciber Café”, pero no lo recomiendo), y… nada más. Nada de nada. Como digo, resulta extraño, porque por un lado parece un lugar realmente auténtico (¡por fin un “pueblo” de verdad!), mientras que por otro, uno no puede dejar de pensar que es un balneario de veraneo, y que el 50% de su población son jóvenes de Irkutsk que vienen a hacer la temporada estival trabajando en los hostales o como guías por la isla. Pero es agradable.

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Por fin, el último día en Olkhon salió el sol y pude comprobar que todo lo que me habían contado del Baikal era cierto. Tanto, que no hay palabras para describirlo. Y como sólo tenía un día, lo último que me apetecía era unirme a una de esas excursiones “te llevamos a cuatro puntos fijos para que saques cuatro fotos típicas”, y decidí quedarme paseando en los alrededores de Zhuzhir, disfrutando de lo que no había podido los días anteriores.

No hice nada: sólo pasear y pasear, meter los pies en el lago para, segundos después, sacarlos ateridos de frío; alucinar con los rusos, que son capaces no sólo de meter el cuerpo entero, sino de nadar varios minutos sin congelarse; tratar de imaginar el Baikal en invierno, cuando los coches pueden transitar por la superficie helada del agua; y hacer muchas fotos, algunas de las cuales podéis ver aquí, aunque no reflejen ni una mínima parte de la belleza del lugar.

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Y así, sin más, regresé a Irkutsk. Y tras varios problemas para conseguir un billete de autobús que me sacase no sólo de la ciudad, sino también del país porque mi visado expiraba en dos días, abandoné, tras una breve para de una noche en Ulan Ude (una ciudad que me hubiese gustado visitar con tiempo… qué se le va a hacer) la enorme Rusia. Un país que sin duda necesita más de un mes, y más de dos, y más de tres, para ser empezar a conocerlo. Quizá la próxima vez.

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